Después de leer: Los Rendidos, de José Carlos Agüero (IEP, 2015) , uno podría quedar como Patricia del Río, “Indefenso. Sin argumentos para replicar, sin ganas de confrontar” (El Comercio, 30 abril de 2015) Pero no, es necesario detenerse antes de quedar impávido ante la tremenda declaración y reflexión académica sobre el conflicto armado reciente como hijo huérfano de padres senderistas. Celebro su conmovedor texto, porque nos ayuda a repensar, cómo el conflicto afectó la vida de la cotidianidad y rumbo de la política. 

Había escrito ya casi todos estos pequeños relatos cuando leí a Lurgio Gavilán (2012). Ya me habían hablado de esta biografía notable. Carlos Iván Degregori, entusiasta hasta el final, decía que sería todo un boom. Y lo ha sido. Creo que lo ha sido, entre otras cosas, porque el discurso de Lurgio, el niño senderista, luego el adolescente militar, el joven cura, el adulto antropólogo, es el tipo de discurso que estaba esperando un sector de la población, sobre todo de Ayacucho. Es su intérprete, su profeta. Es como el Salieri de Forman, el santo pero no de los mediocres, sino de los estigmatizados en bloque.                                                               Este libro los ayuda a exculparse. Los ayuda a encontrar también algún grado de racionalidad en esas cosas que en Ayacucho todos saben: que muchos apoyaron a Sendero Luminoso. Que en las comunidades también los apoyaron. Que luego aprendieron la realidad de la guerra total de Sendero y en muchos casos, para sobrevivir, tuvieron que matar. El mito de la comunidad inocente ya no se puede sostener, hay que matizarlo con el nuevo mito de la comunidad despojada de su campo idílico, parida al mundo con dolor.                                                                                                Usa varias estrategias para lograr este efecto. Gavilán narra como un niño, infantiliza la guerra, y en esta forma de contar reclama para sí esos atributos del niño: la ingenuidad y la inocencia sobre todo. También recurre a un discurso conservador, señalando que los indios como él no tenían cómo entender los manuales senderistas ni la complejidad de la vida política. Él reclama ser tratado como el indio de Uchuraccay. Él quiere ser contado por el Mario Vargas Llosa de entonces.                                               Gavilán evita en todo lo posible generar algún momento de tensión que lleve a una discusión sobre su moral. No es casualidad. Todo se convierte, aún una escena de violación sexual masiva, en un hecho gracioso o fútil. Se queja, sí, pero reniega de los abusones jefes del Ejército que hacen pagar de más a los soldaditos como él. La violación sexual no es representada como un nudo dramático, sino como un marco para la anécdota.                                               Pero ¿se le puede pedir más a este autor, con tanto pasado? Alguien que pese a estas limitaciones, se atreve a mostrar su participación en la guerra desde la primera persona. Hay un espacio de libertad de expresión para que él pueda realmente pensar en profundidad el nivel de su compromiso con la guerra y sus crímenes (...)                                           (Agüero, 2015: 73-75) 

Me refiero a este texto de Agüero, cómplices (IV, 25), lo que he escrito, lo que me tocó vivir y, si “el mito de la comunidad inocente” se puede sostener o no, haciendo énfasis, lo que expresó, Jorge Bruce, “Gavilán, como bien nos hace observar Agüero, narra su testimonio desde la voz infantil tranquilizadora” (La República, 4 de mayo 2015) Es decir, aquí no pasó nada! Los niños del campo no saben razonar, si no viven en el “campo idílico”; sin embargo, mi testimonio empieza: “para que nunca vuelva a ocurrir algo así en Perú” y, termina el libro:

 “Si se hubiesen hecho realidad los discursos del PCP sobre la igualdad, que nadie sea rico ni pobre, que todos tuviéramos las mismas oportunidades sin egoísmo, sin la explotación del hombre por el hombre, o si el Estado estuviese interesado en los campesinos, en su agricultura, en educar a sus niños como predican en las elecciones presidencias, de seguro estos hombres no estarían arañando estas tierras para sobrevivir como yo he arañado en mi vida para contar lo sucedido” (Gavilán, 2012: 174) 

Aquí, “la voz infantil” no tranquiliza, cuestiona.


Fácil es ocultar, fácil es no mirar, fácil es no pensar. Pero no es así. Mirar su historia –como de tantos otros-, es mirar también nuestra historia en América Latina. Como decía un profesor en la universidad Iberoamericana de México, hay una filosofía animal que es mucho más cercana a nuestra condición de humanidad, un devenir violento seguido de una temporada de paz. Hay algo profundamente humano en la historia de Agüero que no sólo nos hace repensar en nuestra condición humana sino que nos debe llevar a pensarnos en el camino de perdón y construir la paz en todos los rincones del planeta.


Por otra parte –no busco de ningún modo victimizarme, eso no es mi tarea- si no fue aludido en el texto que he tratado de aclarar desde mi experiencia en la guerra, porque la sentencia de Agüero es fulminante -(hace “temblar” todos los estudios sobre violencia en Perú, como dice: abundan “tesis tras tesis sobre violencia”, en su comentario)-: las comunidades campesinas no fueron víctimas (concepto polisémico con contenido político), sino tal adjudicación es un “mito”. Y, por si fuera poco, el Soldado desconocido haya aparecido para ayudar a "exculpar" del pecado original con que vieron el mundo, “parida al mundo con dolor”. Por supuesto, no soy “intérprete ni profeta”, ni ellos son estúpidos para no reflexionar y continuar la vida. Supieron diferenciar el bien del mal, igual que los académicos, en su campo. Saben que han sido víctimas y victimarios al mismo tiempo para sobrevivir. No esperan al “profeta” para perdonar a sus semejantes como practican en sus rituales de muerte.

Los de mi comunidad, Auqui, somos indios (categoría peyorativa para aplastar a los más pobres) como los de Uchuraccay, como reclama Agüero que nos tratemos.El desprecio hacia poblaciones indígenas siempre está latente. Si nuestro ex gobernante, Alan García, trata a los indígenas de ciudadanos de tercera clase o que somos tristes por falta del luz solar o, cuando Abimael Guzmán trató a campesinos de mesnadas que, deberían entender la revolución a puro punta de fusil ¿Cómo explicar semejante aporía en lo que se dice y lo que se hace?


Hay varias cositas quizá se puede repensar, del mito de la comunidad inocente o de la infantilización de la guerra. Aquí algunas ideas, desde mi punto de vista muy particular, para repensar en victima-victimario, por ejemplo. 

I

Si uno quisiera ver la radiografía del “mito de la comunidad inocente” encontrará, cuando Sendero Luminoso llega a las comunidades campesinas sin consultar si quieren o no formar parte de la revolución, sino sólo anunciando: “De aquí para adelante la guerra popular mora entre nosotros serán llamas invencibles estremecedoras y destructoras de la podrida sociedad imperante” (Somos los iniciadores, 1980), y todo lo viejo debería ser destruido empezando por la concepción del mundo andino. Mataron brutalmente a las autoridades para nombrar a otras nuevas autoridades y convertir en masa, bases de apoyo de Sendero Luminoso. ¿Ellos no fueron víctimas?   

Un caso es de Eusebio Carbajal –como él existe cientos- que sobrevivieron la guerra. Una tarde, Sendero Luminoso, reunió a los campesinos y disparó a quemarropa, luego acuchillaron para cerciorarse que nadie esté vivo. Eusebio como invoca el poema de César Vallejo, al día de la masacre se abrazó al primer campesino, envuelto en sangre. Ahora, sigue viviendo en su comunidad. El Estado no puede reparar; porque la Ley, sólo puede reparar, "por víctima desaparecida, o por víctima fallecida, o por víctima de violación sexual o por víctima con discapacidad”, categoría que en ninguna de ellas cabe Eusebio. La lista sigue como los casos de Putis, Accomarca, etc. 

A esta comunidad –como a tantos- arrasadas por la violencia, se puede llamar: ¿“mito de la comunidad inocente”?

II

A partir de éstos hechos brutales y repudio a SL ¿cómo se puede argumentar el apoyo masivo de las comunidades campesinas a SL, de lo que reclama Agüero? Quizá fue una chispa de multitud en el entierro de Edith Lagos (guerrillera), pero pronto se desvaneció, y empezó el suicidio lento en ese mismo instante. Los que hicieron resucitar, una y otra vez, fueron la represión de las fuerzas del orden y la política de pretextos como de Fujimori, condición para la corrupción, narcotráfico y demás. Los campesinos no fueron tontos, para luego aprender, “la realidad de la guerra total de Sendero”, como enfatiza, el autor, si no conocieron desde la imposición letal, porque tarde o temprano, el verbo de justicia social, terminaría en inundaciones. Pero, no había escapatoria. Si permanecían en la imposición de Sendero, las fuerzas del Orden, arrasaban; si formaban rondas campesinas, Sendero convertía en mesnadas para chancar la cabeza; si lograban llegar a la ciudad, les trataba de chutos, sucios e ignorantes. ¿Dónde esta el “mito de la comunidad inocente”?

III

El contexto del conflicto armado (la suspensión de derechos humanos, estado de emergencia) desencadenado por Sendero Luminoso, cayó en el conflicto (siempre hubo y siempre habrá); porque sirvió a los campesinos para cobrar venganza, ya sea por conflictos familiares, linderos comunales o eliminar a los brujos o a los abusones comerciantes  y, del otro lado, el Estado, para legitimar y perpetuar la discriminación social latente. Por ejemplo, estigmatizar a los ayacuchanos de terrucos, minusválidos que deberían salir de la inmundicia para vivir ordenado como "la gente".

IV

Cuando Agüero, dice: “usa varias estrategias para lograr ese efecto. Gavilán narra como un niño, infantiliza la guerra” ¿Acaso no fui niño-soldado? Narro desde la experiencia de entonces. Los niños-soldados, no estábamos expectando la guerra mientras los viejos peleaban, sino corriendo para no ser atravesados por las balas. SL estaba formado por niños, adultos, ancianos y mujeres. No éramos esos monstruos del sadismo total, sino pobre entre los pobres, dirigidos por maniáticos bailarines de Zorba el Griego, el Comité Central, quiénes gozarían maquinando cómo eliminar a los que cavilaban distinto al pensamiento Gonzalo. Entonces, tuvimos que vivir en un contexto de sobrevivencia aplastado por una ideología totalitaria y perseguido por el Estado que, en sus manos estaba frenar o desencadenar la violencia. Si uno pensaba desertar de SL, “los mil ojos y los mil oídos” fusilaba en ese mismo instante, si lograba escapar, o terminaban chancados las cabezas por los ronderos o, los militares violaban hasta matarla (Gavilán, 2012) Sin embargo, hay otra cara del ser humano, por ejemplo, el teniente Shogún, entrenado para matar terrucos, salvando vidas en medio de la guerra. O miles de soldados ofrendando sus vidas para que los otros puedan vivir tranquilos. Me pregunto: ¿No basta que haya vivido –o ha hayamos vivido- en la miseria humana entre los fuegos cruzados? ¿Debía ser aplastado para entender, lo que ser hombre y no dejarse llevar por miedo, la vergüenza? Por eso, el primer pensamiento que aletea en mi cabeza es: a pesar de haber nacido en el confín del territorio peruano, arrinconado y despojado por el poder de “instituciones totales” y, a la vez en medio de guerra sentirse huérfano y culpable; como que hayamos maquinado el pensamiento marxista más genocida, nosotros, “los chicos malos” infantizando la guerra, allá ellos, “los chicos buenos” 

V

Y finalmente para terminar este párrafo quejoso del soldado, cuando Agüero minimiza: “recurre a un discurso conservador, señalando que los indios como él no tenían cómo entender los manuales senderistas” ¿Interesaba saber de veras –a los campesinos en medio de apocalipsis- la política de los manuales cosificado en la pirámide del poder de Marx, Lenin, Mao y, aún de los interpretadores? Primero, no había tiempo para estar pensando en esas categorías que apenas entendí en la universidad; sino soñar en comida, cómo sortear las balas y cómo sacar proyectiles del cuerpo de nuestros compañeros. ¿Ésta significa, la incapacidad de entendimiento de los manuales senderistas? Al fin al cabo, si conoces o no los manuales no hubo manera de salir del diluvio; por eso, me aferro al propio Marx, cuando dice: “yo no soy marxista” , como Jesús, hubiera dicho: yo no soy cristiano, y yo, ya no soy ese hombre de la guerra, tampoco ese “soldadito” ni aspirante al monasterio; soy antropólogo con una esperanza de vida demencial.

VI

Otro de los asombros de Agüero, fue las charlis. “Todo se convierte en una violación sexual masiva, en un hecho gracioso o fútil. Se queja, sí, pero reniega de los abusones jefes del ejército que hacen pagar de más a los soldaditos como él. La violación sexual no es representada como un nudo dramático, sino como un marco para la anécdota”. 

En mi opinión, no entendió nada de las charlis el autor, a pesar de que transcribí, el himno de madelón. Las charlis eran trabajadores sexuales en las bases militares, enviados por los altos jefes militares y chequeadas en el puesto de salud. Ellas llegaban al cuartel, unos días por mes, para quedarse a vivir, compartir la comida y sexo, no para ser violadas sino para quitar lo mísero de la propina de la tropa. Si los “soldaditos” de Agüero ganaban del Estado peruano cincuenta nuevos soles mensuales, tener sexo con charli costaba treinta. No ha sido “fútil” la presencia de las charlis sino más bien liberación del apetito sexual y alegría en medio de la guerra que disparaban o emboscaban a los soldados en las bases. Lo otro, es aberración y sadismo, como retraté en el libro; cuando los militares capturaban a los miembros de Sendero, violaban hasta matarla. “Eran jóvenes de entre 17 y 20 años. En las noches traían a las chicas a la cuadra donde dormíamos y se acostaban con los cabitos, primero pasaban los sargentos, luego los demás hasta que se cansaran (…) Esa vez, 1985 en la base de San Miguel, decidieron matar a todos los que estábamos como prisioneros, pues venía la inspección. Trajeron a las mujeres a la cuadra, y todos abusaron de ellas. (Gavilán, 2012: 112)


ESTA QUEJA NO SEA PARA MERMAR, EL BRILLANTE TEXTO DE JOSÉ CARLOS AGÜERO, SINO PARA FORTALECER LA DISCUSIÓN Y BUSCAR SIEMPRE EL CAMINO DE LA PAZ.  


Auquiraccay, 2011